Era una tarde tranquila en el ágora de la facultad de leyes, en la atmósfera se sentía la frescura de la tarde menguante tan propia de las semanas que preceden al verano. La concurrencia había sido generosa, un evento pequeño sin mayores pretensiones. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que la premisa principal detrás de este evento era el simple hecho de disfrutar la práctica del arte acústico construido de palabras y notas musicales soltadas al viento.
Polifonía cultural es un colectivo que reúne variados sonidos y voces, haciendo justicia a su nombre que abreba directamente del griego antiguo. Muchos y distintos efectos acústicos logrados por la palabra hablada y la música. Juegos auditivos al fin y al cabo, cada uno con sus reglas y matices y particularidades con las que se deleita al oído de la misma manera que deleitamos a otros sentidos como el gusto o la vista.
De tono femenino y amable, una primera voz suena por los altavoces dando la primera llamada, comienza a sonar rock ácido, el público cuchichea y se oyen las reminiscencias entrecortadas de charlas aleatorias entre los presentes.
Segunda llamada, la misma voz, con un tono más apurado. Hacen acto de presencia las actividades al segundo tan características de los minutos previos al comienzo de cualquier acto público. En el escenario son patentes los vaivenes de los técnicos convertidos en organizadores y los organizadores convertidos en técnicos.
Cuando nadie lo esperaba, en un momento que parecía destinado a resolver algún problema de sillas, cables u hojas extraviadas, la voz femenina se detiene frente al micrófono, da la tercera llamada y comenzamos.
Una breve bienvenida, una semblanza personal del evento, sus motivos y sus participantes. En la voz de la presentadora suena el timbre de quien hace público algo meramente personal. Nervios, agradecimientos. Aparece una figura masculina haciendo una reseña sobre el primer participante: el sonido de una guitarra que canta melodías españolas y piezas de Manuel M. Ponce durante varios minutos.
La guitarra se calla. Aparece la voz femenina de una flauta que llega a acompañar en la ejecución de las primeras dos de tres piezas escritas para piano por Eric Satié: las sublimes gymnopédies 1 y 2. El ritmo, velocidad y sonido grave de la guitarra suple de forma adecuada al sonido de las cuerdas del piano. El silbido de la flauta - naturalmente más agudo que el tono general de la guitarra - le da una esencia distinta a la obra al tratarse de un sonido constante de matices bien contrastados y no el sonido aislado de las teclas cuando son pulsadas. Termina la traducción a cuerda y viento de la obra para piano y sigue la ejecución de una partitura escrita, ahora sí, para sendos instrumentos. Obra por demás peculiar pero de excelente efecto.
Al callar la flauta, calla la guitarra y una voz que ya estaba en el escenario se atreve a sonar de manera distinta. El guitarrista decide prescindir de su instrumento de cuerda y anuncia que recitará algunos poemas de cosecha propia. Su formación como músico se transparenta en su recital, la estructura de sus poemas son ricas en sonoridad y rima, en la presencia de la palabra, en la estructura lingüística y el malabar gramático, al estilo de Girondo, pero sin tanto surrealismo y siendo versos más bien sobrios nacidos de la presencia y experiencia del músico ahora haciendo melodías de sus palabras.
La audiencia no ha dejado de aplaudir. Al acabar la ejecución de una obra se oye la honestidad del aplauso enérgico, a momentos más que menos, pero sin duda bien ganados. Las piezas y poemas son ejecutados sin errores, a la velocidad precisa, con el tono adecuado. El músico poeta da las gracias y se retira, la voz que nos dio la bienvenida aparece nuevamente, hablando en ese tono personal y apreciativo del acto que presenciaremos a continuación.
Una nueva guitarra sube al escenario. Aparece una nueva voz que no es la del segundo guitarrista. Un acento vagamente extranjero que agradece la presencia de todos y se pierde en un español perfectamente utilizado para llevarnos por campos de ásperas vivencias, desolación humana e incursión bohemia. El sonido de la guitarra juega libre pero atado al sentimiento de la poesía que sale a flote por la habilidad teatral con que el autor adereza tan atinadamente el contenido de sus palabras.
Esta parte del recital tiene más de performance que el resto del programa, el poemario no es tan intrínsecamente musical como el anterior. El panorama que ofrece la guitarra se acopla a la figura del actor poeta que ejecuta escenas de arrebato. Aparece un violín, desaparece la voz y figura del poemario. La guitarra se calla y el violín comienza el llanto con una pieza de Carlos Gardel. Llega un breve silencio.
La figura de los poemas aparece disfrazado de un trozo de noche, enfundando un traje de marcada tendencia oriental en tela obscura con brillos de fantasía. A la manera de un Principito crudo, místico e introspectivo que Saint-Exupérty nunca se hubiera atrevido a imaginar por ser simplemente demasiado sombrío y adulto. El poemario termina en una apasionada pieza sobre la risa y la soledad, amalgama agridulce donde las haya.
La gente aplaude. El auditorio ha sido fiel a la obra y sólo algunos cuantos han dejado vacío su lugar mientras que otros muchos llegaron a ocupar lugares que al principio de la velada estaban sin dueño. El público se retira.
Ya es noche y sólo hay luz artificial, amarillenta, proveniente de las farolas que alumbran la calle y algún carro que pasa con sus destellos blancos abriéndose paso en este segundo atardecer. Los adoquines, árboles y columnas de cantera le van bien a la sensación del aire frío que acompaña a esta peculiar noche. Es como viajar en el tiempo un par de milenios y varios siglos más. Una tarde particular donde la pasión, la música y la palabra se dieran cita en el ágora de la facultad de leyes para formar un ensamble de distintas voces y sonidos, sin mayor pretensión que la de disfrutar de las pasiones traducidas al lenguaje acústico por la magia del arte y su práctica.
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